jueves, 29 de enero de 2015

Un suicidio de poco valor

Estaba sentada sobre un banco de madera que calentaba esa luz del sol que entra por la ventana del baño cada mañana. Sujetada del posa manos fijado al lado de la ducha. A esa hora no entraba ya luz, sólo un pequeño reflejo de un farol de la calle y algunos ruidos que hacían los niños vecinos que jugaban pelota en la acera. Ladridos de perros a la pelota que iba de un lado al otro. Entre su desesperación constante sobre un posible abandono, forjó cada día de su vida desde que lo conoció y creyó que era la llegada de la felicidad. Era ella un martirio de tristeza, inseguridad y temor a la soledad, una soledad que vino a habitar en ella cuando consideró que no era alguien apreciable de ninguna manera para ninguna otra persona. Una angustia de no ver solventado su futuro junto a alguien que aprecie su presencia como él lo hizo. Aquella tarde no era una más, era el día de la decisión, del final. Fue una decisión que llegó a tomar bajo la venda de la angustia, una estúpida decisión que sólo los equivocados llegan a tomar. 


Cuando él llegó de haber estado con otra, la encontró en el suelo de baldosa que calentaba esa luz del sol que entra por la ventana del baño cada mañana. Ya los perros habían parado de ladrar y los niños tomaban leche y escuchaban cuentos en sus habitacIones con lamparitas animadas. La luna era nueva, y mañana era su cumpleaños, el que decidió no celebrarlo. Él traía un ramo de flores para adornarle el día antes de irse una vez más a vivir un paralelo mundo que le prometió cuando decidió cuidarla como una niña hasta el final.